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La figura | El objeto | El Bodegón

La luz es constante habitual en la obra de Rafael Català a partir de la aparición de opuestos: frente a la luz vibrante, la luz de penumbra; frente a la claridad, la sombra. Català hace vigente el tenebrismo de sus antepasados. En una conversación tenida hace unos años con el pintor, sobre las diferentes escuelas e influencias en nuestros días, comentó que a pesar de la importancia del iluminismo de Pinazo, Sorolla o Cecilio Pla en la pintura valenciana, él se podía considerar, al menos, tan velenciano en sus concepciones plásticas como aquellos que mantienen estas influencias, porque bebe de Ribera y Ribalta, los más importantes tenebristas de la península.

La percepción de la luz se resuelve a partir de un itinerario lógico que la transporta desde el objeto a la retina, y de ésta a la mente del espectador. El camino recorrido por Català es el inverso. De las imágenes que transitan por el interior de sus sentidos escoge la idea preferente, componiéndola posteriormente en un trabajo de análisis y cálculo hasta su disposición final y deseada; es ese el momento de la proyección lumínica, de la comunión entre los objetos y el haz de luz.

Del blanco al negro, así recibe Catalá al color, en una aparente y reducida gama cromática que se diversifica hasta la infinitud en múltiples variantes causadas por la luz y la sombra. Entre dos mundos absolutos relaja su obra, entre el negro y el blanco, entre la negación y la culminación, entre lo opaco y la ausencia.

Y entre el negro y el blanco Rafael Català inventa un gran mundo, lleno de matices, pero sin estridencias ni desenfrenos que lo lleven a un arrepentimiento del programa emprendido. Català apacigua los opuestos en un enfrentamiento entre ambos, restándole su arrogancia hasta la suavidad de las ideas, conteniendo la calma entre el ambiente mudo del negro y la sonoridad exagerada del blanco, para llegar a la consecución de la melodía rítmica perfecta, hasta el silencio oportuno de la paz, ni de muerte ni palpitante, en la esperanza, simplemente silencio.

Rafael Català no es un colorista de excesos. Como en las composiciones, aparentemente sencillas, en la gama cromática resuelve el máximo resultado a partir de la mínima extensión, pues contiene su fuerza en la diversidad de matices dentro de una misma base. Consigue apariencias óptimas que embaucan a la causa y la línea sin suplantar su valor básico.